A la vuelta de la batalla, los poderosos también apagan sus párpados, reúnen sus manos y rezan. La guerra tiene igualmente sus dioses y sus fieles. Los poderosos cuentan con sus breviarios y rituales. No pondremos en duda su devoción... El Misterio es grande, pues nos permite modelarLo cada quien a voluntad, diseñarLo, concebirLo a nuestra imagen y semejanza. Nunca se irrita por más que Lo desfiguremos. No nos vayamos nosotros tampoco a arrogar exclusividad para con los Cielos. Buscaremos con un fondo de abrillantado mármol al Dios que invocan en sus plegarias. Desconocemos si blande hierro en ristre, si posa encendiendo la mecha de futuras bombas o apretando letales botones rojos... ¿Será el mismo Dios el de su muerte que el de la Vida? Por más que lo busco, no encuentro ese Dios de la Casa Blanca entre las flores de nuestros altares cada vez más anchos, universales e inclusivos. Recogerse es libre, pero ya una vez dentro el encuentro con una conciencia severa tornará ineludible. El Dios de la Vida, de la esperanza y la compasión infinitas, no confronta con los dioses belicosos. Les deja hacer; les permite llevar a los cielos todo su potencial destructor, sembrar en la tierra y sus lejanos desiertos de Oriente hartura de sangre y muerte. El Dios del amor desbordado jamás toma represalias. A lo sumo se limita a evidenciar el enorme dolor y sufrimiento causados por el triste, vano y a menudo trágico interés propio. |
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